SOPA DE LETRAS
Beatriz era una niña muy alegre y también muy lista en las clases de gimnasia, salud y otras asignaturas. Sin embargo, las letras... las letras siempre se le atragantaban. A veces, soñaba con estar muy lejos de las aulas y, sobre todo, de los libros que la hacían sentir tan confundida.
Un día, después de una agotadora jornada de comunicación, llegó a casa para el almuerzo. Para su sorpresa, en la mesa la esperaba un humeante plato de sopa.
—Toma, hija mía —dijo su madre mientras servía el caldo con cariño. No era una sopa cualquiera; era un plato lleno de sopa de letras.
—¡Ay, no! —suspiró la niña—. ¡Otra vez letras!
Mientras jugaba con su cuchara en el caldo lleno de fideos de diferentes formas, Beatriz cerró los ojos. Se imaginó con un par de alas grandes, como las de las aves, lista para salir volando por la ventana y alejarse de aquel "monstruoso" platillo. Pero al abrir los ojos y sumergir la cuchara de nuevo, ocurrió algo inesperado: las letras empezaron a atrapar su imaginación.
Primero, pescó la letra M. —¡He atrapado montañas! —exclamó sorprendida.
Luego observó la letra I, que le pareció un faro brillante en un mar de caldo, listo para guiar a los barcos de hortalizas. La letra F se convirtió en un peine roto, olvidado quizás por una sirena en la orilla del plato. Finalmente, atrapó la J, que no era más que un garfio de pirata, perdido mientras buscaba el tesoro de las sirenas en la costa del faro.
Letra a letra, Beatriz fue construyendo un mundo de aventuras y, sin darse cuenta, el miedo que sentía empezó a disolverse como la sal en el caldo.
—¿Ves, hija? No es tan difícil esto de las letras —le dijo su madre, abrazándola desde la punta de la mesa.
—¿Sabes, mamá? Creo que esto de las letras comienza a gustarme —respondió Beatriz con una sonrisa, mientras terminaba hasta la última gota de su sopa.
Al día siguiente, cuando entró a la clase de Comunicación, Beatriz ya no bajó la mirada. Al ver la pizarra llena de palabras, no vio signos aburridos; vio montañas, garfios y faros esperando ser descubiertos. La pizarra ya no era un muro de tareas, sino un mapa del tesoro que ella, por fin, sabía cómo leer.
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